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Porsche festeja el 30 aniversario de la Carrera Panamericana

Un Panamera 4S recorrió algunos tramos de la mítica competencia.

Porsche festeja el 30 aniversario de la Carrera Panamericana

Como hemos venido cubriendo en Autocosmos, este 2017 enmarca una edición especial de La Carrera Panamericana que sirve para conmemorar sus 30 años existencia en su era moderna. Aunque MINI es el actual patrocinador oficial de esta competencia, probablemente sólo Porsche es la única marca en todo el mundo que ha forjado un lazo tan fuerte que no se puede hablar de la “Pana” sin recordar a la marca asentada en Stuttgart y viceversa.

Es por ello que Porsche no podía pasar desapercibido el XXX aniversario de la “última carrera en carretera” para rememorarnos cuán importante es para ellos esta justa celebrada en territorio mexicano. Después de todo no hay que olvidar que los 911 Carrera y Panamera fueron bautizados así en honor de la Carrera Panamericana.

Es así que, desde Porsche, se pusieron un poco románticos y decidieron compartir una crónica escrita por Wolfgang Schäffer y Edwin Baaske que narra la particular forma en la que festejaron esta importante fecha: recorriendo algunos tramos a bordo de un Panamera 4S, disfrutando de la compañía de miles de mariposas monarca.

De verdad el texto está tan bien contado que a continuación te lo compartimos íntegramente para que puedas disfrutarlo, por favor relájate y déjate seducir por esta magnífica historia.

En octubre del presente 2017 se realiza una edición especial de la Carrera Panamericana que sirve para conmemorar sus 30 años existencia en su era moderna. A bordo de un Porsche Panamera recorrimos algunos tramos de esta mítica competencia que a principios de los años 50 atrajo a los mejores pilotos del mundo. En el recorrido descubrimos que a veces la belleza de lo cotidiano no se hace visible hasta que se le contrapone algo totalmente ajeno. A lo largo de la carretera de asfalto de la Carretera Panamericana el viajero es recibido por una serenidad que contrapone la perfección tecnológica de Stuttgart a la ligereza de la improvisación.

Al final del día estaremos completamente rodeados de naturaleza. Miles, quizás decenas de miles de llamativas mariposas de color naranja y negro acompañarán nuestro Porsche Panamera 4S. Ingrávidas, lo envolverán con una palpitante nube de colores iridiscentes. Al final de los casi 150 kilómetros que separan Ciudad de México del ‘valle de las mariposas’, la limusina deportiva sobre la polvorienta Carretera Panamericana será alegremente recibida por el ligero y centelleante baile de las mariposas monarca como si se tratara de un único organismo.

Todos los años entre noviembre y marzo hasta mil millones de las llamadas mariposas monarca hibernan la región en torno al Valle de Bravo. Proceden de Canadá y Estados Unidos y recorren a lo largo de varias generaciones unos 4.000 kilómetros que les llevan a territorios más cálidos, hacia los bosques de la altiplanicie central de México. Aún no está claro cómo los descendientes conocen el camino que les ha de llevar al punto original de partida. Sin haber estado antes allí, las mariposas monarca anidan en el mismo árbol en el que lo hicieran sus antepasados cuatro generaciones antes. Formando grandes racimos, se instalan en pequeñas superficies y cubren árboles y rocas de un brillante color naranja. Su aleteo colectivo suena como el repiqueteo de la lluvia. Y cuando se alzan hacia el sol la luz parece desaparecer como detrás de un nubarrón.

Desde 2010 la cantidad de mariposas que anidan aquí está disminuyendo drásticamente. La deforestación, el calentamiento global y los fenómenos meteorológicos extremos amenazan la población. Por ello, se ha dispuesto una reserva de la biosfera de cerca de 60 hectáreas para protegerlas, lo que convierte al Valle de Bravo en un lugar espectacular. Pero antes de que el espectáculo de las mariposas monarca nos hechice como pompas de jabón a un niño, tenemos que cruzar aun un árido tramo de la Carretera Panamericana, aquella legendaria carretera de asfalto que se hizo famosa por la Carrera Panamericana y que ha dado dos nombres a Porsche: ‘Carrera’ y ‘Panamera’.

El Rally de México, de más de 3.400 kilómetros, se disputó entre 1950 y 1954 y está estrechamente relacionado con Porsche. Mientras que en el primer año únicamente pudieron participar limusinas de serie de cinco plazas, a partir de 1951 la carrera se abrió también a vehículos deportivos. Porsche destacó enseguida por sus victorias de etapa y en 1954 ya dominaba la clasificación. La todavía joven marca de Zuffenhausen ocupó seis de los siete primeros puestos de la categoría Small Sports Cars, así como la tercera posición de la general. Fue el mayor éxito internacional de Porsche antes de ganar la Targa Florio de Sicilia en 1956. Empezó a celebrarse cuando se inauguró el tramo mexicano de la Carretera Panamericana, la autopista que une Norte y Suramérica. Una ruta desde Alaska hasta Tierra de Fuego, la carretera más admirada del mundo, pero que en realidad no es una carretera sino una red de miles de kilómetros de asfalto.

En esta carrera a través de México apenas había reglas. Así, los automóviles circulaban también por carreteras públicas, asumiendo incluso el riesgo de que se produjeran accidentes. Al final, el vencedor era el que llegaba primero a la meta, sin importar el cómo. Pronto el riesgo fue demasiado grande, y cinco años después de su inauguración la Carrera Panamericana pasó a la historia, pero su idea y el mito han seguido vivos: desde 1988 se celebra como un rally de automóviles clásicos con estrictas medidas de seguridad.

La fascinación de este trayecto se comienza a sentir cuando al abandonar la monstruosa Ciudad de México se sucumbe a la increíble tranquilidad y pictórica belleza del paisaje. El porte del Panamera 4S contribuye a esa sensación. Cedemos al impulso de apagar por un momento el ya de por sí silencioso motor V6 de 2,9 litros y 440 caballos de potencia para disfrutar de este lugar alejado de cualquier civilización perceptible.

Es un momento de recogimiento, una merecida calma tras varias horas de conducción. El silencio casi místico del lugar solo es interrumpido por el ligero resollar de dos caballos. Cuando la limusina deportiva azul aparece en el estacionamiento, Zelda Ramírez sujeta con firmeza las riendas de dos caballos de fuerte musculatura, pero estatura más bien pequeña. Para esta mujer de 64 años con sombrero de vaquero del Oeste sus caballos son su seguro. La vida aquí afuera no siempre es fácil. Los turistas que lleva a cabalgar por los bosques hacen que le vaya bien, dice sonriendo.

Los habitantes de la llanura y las alturas mexicanas viven con y de la naturaleza y del espectáculo que ofrece la nueva edición de la Carrera Panamericana. También Jessica Delgado, de 21 años. Junto con su amiga Ana María Zaraba tiene un pequeño negocio de carnes y fiambres en Raíces, unos kilómetros más allá en dirección a Valle de Bravo. Ana María tiene 73 años y podría ser perfectamente la abuela de Jessica. Este dúo abre todos los días la tiendecita al borde de la carretera. Las ganancias son muy modestas. “Solo cuando hay rally tenemos clientela haciendo colas aquí”, dice Jessica con los ojos resplandecientes. Entre los pilotos y sus acompañantes de apoyo hace tiempo que ha corrido la voz de que estas dos mujeres ofrecen muy buen jamón, cortado muy fino. Estos sabores nos acompañaran hasta encontrar la bandada de mariposas monarca.

 

En el aire enrarecido de la región y en las curvas el Panamera nos mostrara de que es capaz. La carretera serpentea por el bosque de coníferas. En el camino de ascenso las curvas son cada vez más estrechas y el pavimento peor. El Porsche lo supera sin hacer ruido. Casi 20 kilómetros después de Raíces, el espíritu de la Carrera Panamericana se empieza a sentir. En un trayecto cerrado expresamente para nosotros. Piloto y copiloto deben recorrer los 9,42 kilómetros de este puerto de montaña con salida a 3.300 metros y meta a 3.600 metros sobre el nivel del mar en unos tiempos lo más parecidos posible. No cuenta la velocidad sino la precisión. Los espectadores corren a reunirse al borde de la carretera para experimentar el feeling de la Carrera Panamericana. Los policías en uniforme se encargan de que nadie moleste al “Equipo Panamera”.

Uno de los defensores del orden es el comisario Lucio González Gómez, de 45 años. Desde hace años vela por la seguridad de los rallyes auténticos. “Es siempre una experiencia excepcional”, afirma, “es entretenido observar los imponentes vehículos, sentir su potencia y la tensión de los participantes”. A pesar de la seriedad que le confieren las gafas de sol de espejo no puede ocultar su entusiasmo.

Llegamos al final de nuestro trayecto. En el valle de las mariposas monarca contemplamos absortos el cielo. La imagen que se refleja en la retina nos abruma. Las mariposas aletean sobre un tramo de aproximadamente 500 metros de carretera para volver a desaparecer después entre los arboles del bosque en cuyas profundidades se ocultan los denominados santuarios de la mariposa monarca. Son una de las pocas maravillas naturales declaradas Patrimonio de la Humanidad. Una decisión muy acertada de la UNESCO.

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